El Otro soy yo

01 AGO 2017
01 de Agosto de 2017

Abadio Green Stocel*

Magister en Etnoeducación, Universidad de los Andes
Indígena Tule (San Blas, Panamá)
Presidente Organización Indígena de Antioquia
 En el ritual amazónico del YURUPARI, los hombres toman las fuerzas,
el color, la piel, la capacidad de volar o vivir bajo la tierra, de lo que
representa la máscara que utilizan. Aquí la máscara no es para ocultarse,
sino para ser el otro, en este caso, los antepasados. Lo que hace que el
ritual no sea una representación sino una transformación, lo que permite
que un hombre se haga realmente anaconda, o águila no reside en la
perfección de la máscara, ni en seguir los pasos adecuados; aunque eso sea
muy importante, lo que permite esta transformación, ser el otro, está en el
corazón. Si no es desde y con el corazón, la máscara no transformaría al
hombre en el “abuelo anaconda” sino que sería un mero disfraz y haría de
un hombre un comediante.
Toda la lucha de los pueblos indígenas en este país, concretamente de
los últimos acontecimientos de los Uwas, es por su derecho a vivir,
amenazado por la explotación petrolera, de la compañía Occidental
Petróleum, es la lucha de los pueblos indígenas de Colombia, es la lucha de
los pueblos indígenas del mundo, es la lucha de los pueblos del mundo.
Para poder ser anaconda o águila, hay que preparar el corazón mucho
tiempo. (…) Para hacer que todos los pueblos indígenas de Colombia o de
todos los pueblos del mundo, los viejos nos han dicho que no basta la
máscara de las palabras, que debemos preparar las manos, el cuerpo, los
ojos, la boca, los oídos… pero que para ver al otro no bastan tampoco los
ojos, y que incluso después de tener el cuerpo y el corazón preparados,
debemos seguir cuidando que la mezquindad no nos engañe, que la
vanidad no nos ciegue, porque entonces, los abuelos-anaconda o los
abuelos-águila no habitarán en nosotros y las máscaras serán apenas unos
malos disfraces. Ir al otro y volver del otro, no es un problema intelectual,
es un problema del corazón, claro que uno puede estudiar al otro, es más,
es su deber hacerlo, pero comprenderlo es algo distinto; conocer la vida
de los pueblos, hacer la pregunta necesaria que conduzca al saber,
no sale del conocimiento de los científicos sino del corazón del
hermano o de la hermana. Sólo así es posible que las personas puedan
salir de su mundo y entrar en los otros mundos; de lo contrario, es posible
que vayan y regresen, pero sin comprender, pisando las hierbas que dan
vida, porque imaginan que son malezas, profanando la tierra porque la ven
como negocio, violando el agua con su indiferencia, se podrá ir a muchos
mundos, pero si no se tiene el corazón preparado, no veremos nada. Triste
forma de conocer… Pero ésta es una forma de ir y venir, la de uno que se
vuelve todos. De alguna manera la reflexión difícil es la contraria. La del
mundo que se hace persona, la de todos que se hacen uno. Para que el
corazón de cada hombre le permita volar, es necesario que todos los
hombres se hagan uno.


El ritual de Yuriparí sólo se puede hacer si hay
comunidad, sin comunidad, el ritual es vacío. Sin la organización indígena no
es posible que uno sea parte de todos los pueblos indígenas; sin comunidad
universal, no es posible sostener el mundo.
Nuestras leyes de origen, nuestro derecho mayor, asumen la
responsabilidad con todos los pueblos del mundo, es un derecho de
nosotros, para nosotros y para todos. No son unas leyes subterráneas…
sino del centro de la tierra, lo que es muy diferente, no son leyes para la
cocina… sino que nacen del fogón, que también es muy diferente; no son
leyes chiquitas… sino que atienden a los animales y a las hierbas indefensas
y eso es diferente. Son leyes para la vida y para después de la vida, porque
también hay deberes y derechos de los muertos y con los muertos. El
estado afirma que nuestro país es pluriétnico y multicultural y
también nosotros, pero creemos que a pesar de eso, no hablamos de
lo mismo, porque no se habla con el corazón: No hablamos de lo mismo
cuando se intenta sujetar los regímenes jurídicos indígenas a un
pensamiento occidental, tratando de aplicar criterios como la universalidad
de los derechos humanos del individuo, mientras nosotros hablamos de la
ley de la madre tierra y los derechos colectivos. No hablamos de lo mismo,
cuando se insiste en el debido proceso a la usanza blanca, cuando se exigen
pruebas empíricas para demostrar que un jaibaná está haciendo daño, o que
un conjuro está operando o que alguien hizo mal de ojo, al tiempo que
nuestros mayores han soñado, o adivinado quien es el responsable. Nuestra
ley tiene su tiempo y su espacio y no es el tiempo del estado sino el de los
sueños de los taitas y los mamos, o el de las estrellas. (…) Nuestras leyes
de origen, nuestro derecho mayor, no tienen obsesión con los criminales y
los delincuentes —entre otras cosas porque sí los hay, llegaron con la
propiedad y con el lucro—; antes que eso, nacieron para decirnos que
cuando siembras yuca debes sembrar dos, porque si una no nace, la otra
vivirá. Para saber, como los Emberá Chamí, que se debe sembrar suficiente
maíz para la gente… pero también para las ardillas y los micos; para
decirnos que hay que pagar a la madre tierra el árbol que se corta, para
decirnos que el principio de la existencia se comprende al final de la vida;
para decirnos que debemos ayunar en los meses que suben los peces a
desovar, para exigirnos que mantengamos vivas las fuentes de agua, para
decirnos que todo está sostenido, que el rwiria (petróleo en lengua Uhua) y
las piedras están trabajando, que los hijos de mi hermano son mis hijos y
padre el hermano de mi padre.
Nuestras leyes de origen, nuestro derecho
mayor, van más allá del lucro y la muerte.
Junto a un reconocimiento formal de los derechos, viene el retroceso
real de nuestra autonomía y la negación a que ejerzamos el derecho a
decidir qué pasa en nuestros territorios. Y si no es así, ¿para qué la
jurisdicción interna? ¿Una jurisdicción para decidir sobre el robo de gallinas, 
 El otro ¿soy yo?– A. Green 3
pero que no puede decidir sobre una carretera o un canal que nos parte el
cuerpo y nos llena de enfermedades como la prostitución y la miseria? ¿Una
jurisdicción para controlar a los indígenas que pescan con barbazco o
tumban árboles, pero que no puede hacer nada cuando Urrá impide que
nazcan peces, o cuando Madarién arrasa un bosque? Pero no es solamente
con el estado colombiano con el que tenemos este debate, para que se nos
mire integralmente, el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, las
fuerzas insurgentes, el Banco Interamericano de Desarrollo, nos ven por
pedacitos y escogen sólo una parte, la que les interesa, como poblaciones
con problemas, pero sin el derecho a la auto-representación; como base
social para las acciones políticas, pero sin derecho a control territorial; como
posibles interlocutores de las políticas regionales, pero sin participación en la
definición de directrices globales; o mercaderes de respeto a nuestras
tradiciones culturales, pero sin derecho a tener intereses económicos. Lo
que queremos decir es que no basta reconocer al otro en aquella
dimensión que nos interesa o parece correcto o urgente o parecido,
en tal caso, nos estaríamos viendo y proyectando a nosotros mismos
en el otro, pero no viendo el otro como alguien diferente. 
Es cierto
que requerimos resolver muchas necesidades de bienestar, muchas
limitaciones sectoriales, pero nuestra demanda principal es que no nos
reconozcan como unidades políticas, como pueblos, si no se nos ve
como pueblos, (si) se nos descuartiza. Queremos reconstruir el gobierno
propio, la justicia propia, el territorio y la autonomía. Es indudable
que esta pretensión altera el orden mundial y altera el orden
interno, incluso el orden de los propios pueblos indígenas, que nos
hemos acostumbrado a cierto paternalismo. Ya otros amigos han
dicho que la duda está en si cambiamos el mundo o si lo hacemos de
nuevo; cambiarlo o hacerlo de nuevo, eso está por decidirse; implica
asumir al otro en su integralidad política, pero también asumirnos
nosotros como hacedores de la historia, hacedores de la política,
hacedores de nosotros mismos; hacer la historia, rehacer la
memoria, significa rehacer una relación con nuestra Madre Tierra,
que hemos perdido. No se trata de hacer un cuestionamiento al concepto
de desarrollo y a sus miles de interpretaciones; más que debatir sobre el
desarrollo, nos hemos tenido que defender de él. (…). Ellos, nuestros Dioses
y nuestros antepasados, han querido que el tiempo y la historia se burlen
del conquistador. Los invasores nos arrinconaron en las laderas y en los
peladeros donde apenas se pueden cultivar los alimentos de pancoger;
dejaron para ellos los valles y las llanuras productivas. Pero la locura del
dinero ha vuelto las cosas al revés, ahora producir los alimentos no
enriquece a nadie y ahí están los campesinos para demostrar que su estado
en esta sociedad es la pobreza. Ahora la riqueza está en los territorios
áridos, en las sabanas que van camino a convertirse en desiertos, en la
selva que se tumba; ahora la riqueza para el hombre occidental, para el
hombre mestizo, está en estas tierras que hace unos años no les
importaban para nada. Ahora en nuestro aire no ven el vuelo de las
tijeretas, en nuestras montañas no ven lapas ni armadillos, y bajo nuestra
tierra no ven los gusanos que abonan ni ven la vida. Ahora ellos ven dinero: 
 El otro ¿soy yo?– A. Green 4
petróleo, carbón, oro, uranio, dinero. Dinero que no sirve para comer ni
para ser felices, dinero para que haya más pobreza como la que viven
nuestros compañeros Sikuanis de Saravena. De la noche a la mañana los
indios, llenos de pobreza nos convertimos en indios llenos de “riqueza”.
Riqueza para ellos, porque para los pueblos indígenas la explotación del
petróleo es la muerte. Pero no es sólo el pensamiento del indio, todos los
estudios del sabio blanco dicen lo mismo sobre el calentamiento de la tierra,
todos los hombres y mujeres honrados entienden que el camino a seguir,
abriendo heridas a la Madre Tierra, es un camino mortal. Los riowa, (hombre
blanco), que acumulan dinero, no quieren esta justicia del tiempo y de
nuestros dioses, y quieren sacarnos de los últimos pedazos de territorio que
nos quedan. En todos esos territorios, las compañías petroleras aliadas con
el gobierno, se han convertido desde principios de siglo en los pueblos
colonizadores, llegaron eliminándonos y ahora, al igual que hace varios
siglos, a cambio de nuestro territorio y nuestras vidas, nos ofrecen
baratijas.(…) 

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Entonces, a nivel general, lo que decimos nosotros es, que es al otro al que hay que reconocerle los valores y ese es un factor fundamental para cualquier investigación. Entonces todo lo que pasa es porque no hay esa educación del reconocimiento al otro, no hemos entendido qué significa vivir en la pluralidad, en la multietnicidad de un país que es Colombia, Creemos que la certeza de existir como pueblos, dentro de unas décadas, depende de la alianza que podamos hacer con aquellos que nos comprendan con el corazón, con los investigadores, con ustedes. Depende de la fuerza que logremos construir para actuar y ser reconocidos como sujetos políticos, como pueblos. Depende de la comprensión y la tarea que tengamos y emprendamos —nosotros y nuestros amigos, ustedes—, para restituirle a la madre naturaleza el equilibrio que le hemos quitado y que sólo se logra si defendemos nuestra territorialidad, porque defender la territorialidad, defender el ecosistema de un pueblo indígena no es problema de los pueblos indígenas, sino es problema de Colombia, es problema de todos. Porque muy pronto este planeta luchará por el agua, no por el petróleo y esa agua ¿dónde está? En los territorios indígenas. Yo en el camino venía diciéndoles, yo vivo en Necoclí, Turbo, mi comunidad, que anteriormente nos habían dicho salvajes: “esos indios por qué no trabajan la tierra, son perezosos y les gusta es proteger a la mujer ahí en… cerca del fogón”, nos han dicho. Pero estos colonos que nos han dicho eso, hoy de rodillas han venido a la comunidad para que les demos una gota de agua, si hubiéramos acabado con la naturaleza, si hubiéramos obedecido como ellos querían hacerlo, acabar y sembrar el pasto para la ganadería, hoy no tendríamos agua. Hoy Caimán da agua a las veredas de Seibita y Totumo y donde yo vivo le doy agua a una población campesina, porque ellos como acabaron con todo eso, pero descubrieron que en mi territorio de 35 hectáreas, solamente en esa parte nacen cuatro quebradas en 230 metros a la orilla del mar; yo no soy egoísta, porque es de la naturaleza, y se benefician de eso, es lo que nosotros decimos, es que defender nuestra territorialidad, nuestra vida no es un problema indígena, es problema de Colombia, es problema de todos. Podemos vivir, podemos seguir sosteniendo el equilibrio del mundo, si rehacemos nuestros planes de vida, si tocamos con las manos a nuestros abuelos estrellas, a nuestros abuelos y abuelas los planetas, si preparamos el corazón. Necesitamos tiempo para preparar el corazón, de aquí viene nuestra solicitud que nos sale de la memoria, que nos sale del alma, que nos sale del corazón. ¿Podemos inventar con ustedes ese tiempo?
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